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El joven seminarista don Luis de Vargas, de regreso a su pueblo natal para unas breves vacaciones antes de pronunciar sus votos, se encuentra con que su padre, don Pedro, se dispone a contraer nupcias con la joven Pepita Jiménez, de veinte años de edad, viuda de un octogenario, y de singular belleza y piedad.Los contactos entre el futuro sacerdote y la joven viuda son como baño de vida para el joven, que ha pasado su adolescencia entre místicos y teólogos, y que piensa dedicar el resto de sus días a la conversión de los infieles.El joven acompaña a Pepita Jiménez en sus paseos por el campo, asiste a reuniones en su casa y, sin darse cuenta, cede poco a poco a una pasión que él considera pecaminosa, pero que se hace más fuerte que su vocación y que su amor para su padre, en el que ve secretamente un rival.
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Pepita Jimenez de Juan Valera
Pero no: mi pecado no ha de traer como indefectible consecuencia otro pecado.
Lo que ya fue no puede dejar de haber sido, pero puede y debe remediarse.
El 25, repito, partiré sin falta.
La desenvuelta Antoñona acaba de entrar a verme.
Escondí esta carta, como si fuera una maldad escribir a V.
Solo un minuto ha estado aquí Antoñona.
Yo me levanté de la silla para hablar con ella de pie y que la visita fuera corta.
En tan corta visita, me ha dicho mil locuras que me afligen profundamente.
Por último, ha exclamado, al despedirse, en su jerga medio gitana:
¡Anda, fullero de amor,
indinote
; maldecido seas;
malos chuqueles te tagelen el drupro
, que has puesto enferma a la niña, y con tus retrecherías la estás matando!
Dicho esto, la endiablada mujer me aplicó de una manera indecorosa y plebeya, por bajo de las espaldas, seis o siete feroces pellizcos, como si quisiera sacarme a túrdigas el pellejo. Después se largó echando chispas.
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