La guerra de las mujeres

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Título: La guerra de las mujeres Autor: Alejandro Dumas Género: Intriga

En medio de la guerra civil emprendida por la aristocracia francesa durante la minoría de edad de Luis XIV, dos mujeres se enfrentan con todas sus armas: en la lucha por el poder, ponen en liza su belleza, su gran capacidad para la intriga, su amor y sus celos, sin renegar del coraje ni de sus dotes militares.Alexandre Dumas (1802-1870), autor de algunas obras maestras del espíritu romántico como El conde de Montecristo, recrea una estampa de la guerra de La Fronda, con dos personajes que quieren ser los equivalentes femeninos de sus célebres mosqueteros: la astuta y encendida amante del duque Epernón, Nanón de Lartigues, fiel a una Ana de Austria y a un cardenal Mazarino que tratan de salvaguardar la corona para quien luego sería el Rey Sol, Luis XIV; y la rubia y valerosa Claire de Cambes, que sostiene la rebelión de los príncipes de Condé con su inteligencia y su astucia.Estas dos mosqueteras con faldas, como se las ha llamado, se convierten en eje de una narración que contiene los mismos ingredientes de Los tres mosqueteros, la novela más célebre de Dumas: acción, intriga y rapidez descriptiva; pero aquí el autor privilegia un aspecto: el amoroso, con su inevitable acompañamiento de celos y rivalidad femenina, pues las dos protagonistas se enamorarán del mismo hombre.

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Portada del libro La guerra de las mujeres

La guerra de las mujeres de Alejandro Dumas


Sinopsis

La siposis del libro "La guerra de las mujeres" de Alejandro Dumas es:

"La guerra de las mujeres" es una novela escrita por Alejandro Dumas en 1844, que narra la historia de dos hermanas, Valérie y Laure, que se enfrentan en un combate despiadado por el amor de un hombre llamado Henri de Latour. La novela es una crítica social y política que aborda temas como la misoginia, la ambición y la traición.

La trama sigue a Valérie, una mujer hermosa y ambiciosa, que se enamora de Henri de Latour, un joven rico y apasionado. Sin embargo, su hermana Laure también está enamorada de Henri y se enfrenta a Valérie en un combate despiadado por el amor del hombre.

La novela es una obra maestra de la literatura francesa y ha sido adaptada varias veces al cine y la televisión.

Fragmento del libro


La cita en medio del río


En otro tiempo se elevaba un hermoso pueblo de blancas casas y rojizos techos, casi encubiertos por los tilos y las hayas, a muy poca distancia de Liburnia, alegre villa que se refleja en las rápidas aguas del Dordoña, entre Fronsac y San Miguel de la Rivera. Por entre sus casas, simétricamente alineadas, pasaba el camino de Liburnia a San Andrés de Cubzac, formando la única vista que disfrutaban aquéllas. A poco más de cien pasos de una de estas hileras de casas, se extiende serpenteando el río, cuya anchura y poderío empiezan a anunciar, desde aquel sitio, la proximidad del mar.


Pero la guerra civil había estampado sus desoladoras huellas en aquel país, destruyendo las árboles y los edificios, expuestos a todos sus caprichosos furores; y no pudiendo huir, como lo hicieran sus habitantes, se deslizaron poco a poco sobre los céspedes, protestando a su modo contra la barbarie de las revoluciones intestinas; empero la tierra, que sin duda ha sido creada para servir de tumba a todo cuanto fue, ha ido cubriendo lentamente el cadáver de aquellas casas, tan graciosas y alegres en otro tiempo; la hierba ha brotado sobre aquel suelo ficticio, y el viajero que hoy camina por la senda solitaria, no podrá sospechar al ver aparecer sobre los montecillos desiguales, alguno de esos numerosos rebaños tan comunes en el mediodía; que ovejas y pastores huellan indiferentes el cementerio en que reposa una aldea.


Por el tiempo a que nos referimos, es decir, hacia el mes de mayo de 1650, la aldea en cuestión, se extendía por ambos lados del camino, que como una grande arteria la alimentaba con un lujo, deslumbrador de vegetación y de vida; el forastero que entonces la atravesara, se detendría con gusto a observar los aldeanos ocupados en uncir y desuncir los caballos de sus carretas, los bateleros arrojando a la ribera de sus redes, en las que se agitaban bulliciosos los peces blancos y rosados del Dordoña, y los herreros que golpeando rudamente sobre el yunque hacían brotar, bajo el peso de su mano, multitud de centellas divergentes, que a cada golpe de sus martillos iluminaban la atezada concavidad de sus fraguas.


Sin embargo, lo que más le habría encantado sobre todo, si el camino le hubiese dado ese apetito proverbial entre los postillones, hubiera sido una casa larga, que estaba situada a unos quinientos pasos de la aldea, y que sólo se componía de dos pisos, bajo y principal; la cual exhalaba por su chimenea ciertos vapores, y por sus ventanas ciertos aromas, con los que, mucho mejor que con la figura del becerro dorado pintada sobre una plancha de hierro y suspendido de una varilla del mismo metal clavada en la tablazón del primer piso, se indicaba el encuentro de una de esas casas hospitalarias, cuyos moradores, mediante cierta retribución, toman a su cargo el reparar las fuerzas de los viajeros.


Sin duda se me preguntará cuál era la causa de que el parador del «Becerro de Oro» estuviese situado a quinientos pasos de la aldea, siendo así que podía haber estado alineado entre las lindas casas agrupadas a uno y otro lado del camino.


A lo cual podré contestar desde luego, que por muy escondido que estuviese en aquel rincón de tierra el huésped era, en punto a cocina, un artista de primer orden. Dándose a conocer, bien en medio, o ya a la extremidad de una de las dos largas aceras que formaban la aldea, pues corría peligro de ser confundido con cualquiera de aquellos bodegoneros, que se veía precisado a admitir como cofrades suyos, pero que no podía decidirse a mirarlos como iguales; por el contrario aislándose, llamaba sobre sí las miradas de los inteligentes en la materia, los que si una vez habían probado los manjares de su cocina, se decían unos a otros: cuando vayáis de Liburnia a San Andrés de Cubzac, o de San Andrés de Cubzac a Liburnia, no dejéis de deteneros a desayunar, comer o cenar en el parador del «Becerro de Oro», que está a quinientos pasos de la pequeña aldea de Matifou.



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