Las dos Dianas

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Título: Las dos Dianas Autor: Alejandro Dumas Género: Histórico

Al cumplir los 18 años, Gabriel, un sencillo burgués, se entera de que es el heredero del conde Montgomery, desaparecido en extrañas circunstancias. Criado desde los seis años en la humilde casa de su nodriza para escapar de las posibles amenazas de los enemigos de su padre se ha vuelto tan diestro con las armas como valiente y noble de corazón. Gabriel está decidido a averiguar que pasó con su padre y a vengarlo si fuera posible.Por otro lado, Diana, una niña abandonada, con quien Gabriel compartió su infancia, de pronto se encuentra casada contra su voluntad y en camino a la corte de Paris. Ambos ven tristemente que sus vidas siguen rumbos diferentes…En realidad Dumas cuenta la historia novelada de Gabriel, conde de Montgomery, que involuntariamente hirió de muerte en un torneo al rey Enrique II de Francia. Las dos Dianas del título, se refiere a la favorita de Enrique II, Diana de Poitiers, y su hija, Diana de Castro. La obra incluye también, el relato novelado de la historia de Martin Guerre.

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Portada del libro Las dos Dianas

Las dos Dianas de Alejandro Dumas


Sinopsis

La siposis del libro "Las dos Dianas" de Alejandro Dumas en español es la siguiente:

"Las dos Dianas" es una novela escrita por Alejandro Dumas en 1844. La historia sigue a dos hermanas, Diana de Bergerac y Diana de Montpensier, que se enfrentan a una serie de desafíos y conflictos en el siglo XVII. La novela es una mezcla de aventuras, romance y drama, y es considerada una de las obras más importantes de la literatura francesa.

Fragmento del libro


UN HIJO DE CONDÉ Y UNA HIJA DE REY


RA el día 5 de mayo del año 1551. De una casita de humilde apariencia salieron una mujer de unos cuarenta años próximamente y un mancebo de diez y ocho, y atravesaron juntos el pueblo de Montgomery, que radica en la región de Auge.


Era el mancebo uno de esos tipos de raza normanda, de cabellos castaños, ojos azules, dientes blancos como la nieve y labios sonrosados. Llamaba la atención la finura y satinado de su cutis, cualidad que con frecuencia da a los hombres del Norte una belleza femenina que resta poder a la energía varonil, no menos que su talle fuerte y flexible a la vez, que parecía participar de las características de la encina y de la caña. Vestía con sencillez y elegancia un jubón de paño color violeta adornado con bordados de seda del mismo color. Del mismo paño que el jubón eran sus calzas, bordadas en seda como aquel. Completaban su atavío unas botas altas de cuero negro, de las que solían usar los pajes y los escuderos, y una gorra de terciopelo, ligeramente ladeada y adornada con una pluma blanca, que daba sombra a su frente, espejo de calma y de entereza varonil.


Su caballo, cuyas riendas había pasado por su brazo, le seguía irguiendo de vez en cuando su cabeza para aspirar el aire, y recibiendo con relinchos de alegría las emanaciones que aquel le traía.


La mujer parecía pertenecer, si no a la clase social más humilde, por lo menos a la que se hallaba colocada entre esta y la que llamamos media. Vestía con extremada sencillez, pero a la par con aseo y limpieza tan exquisitos, que parecían irradiar elegancia. El mancebo habíala ofrecido varias veces su brazo, que ella se negó a tomar cual si considerase que suponía un honor excesivamente alto para ella.


A medida que atravesaban el pueblo, siguiendo una calle que conducía al castillo, cuyas robustas torres se alzaban altivas, semejantes a gigantes encargados de la protección de los humildes inmuebles que lo formaban, era de notar que todos, adolescentes y hombres, niños y ancianos, saludaban con profundo respeto al mancebo, y que este les contestaba con afectuosas inclinaciones de cabeza. Era evidente que todo el mundo consideraba como superior y dueño al mancebo que, como veremos pronto, ignoraba quién era.


Al salir del pueblo nuestro adolescente y la mujer tomaron el camino, mejor dicho, el sendero escarpado que flanqueaba la montaña siguiendo un curso tortuoso, sendero tan angosto, que no permitía el paso de dos personas de frente. El joven hizo presente a la mujer que sería peligroso para ella continuar el viaje detrás del caballo, que forzosamente había de conducir él del diestro, y entonces fue cuando la mujer accedió a caminar delante.


Seguía el mancebo sin pronunciar palabra, con la cabeza inclinada, como si gravitase sobre ella el peso de una preocupación hondísima.


Tan hermoso como formidable era el castillo hacia el cual se dirigían aquellos dos desconocidos, tan diferentes por sus edades y condición. Cuatro siglos y diez generaciones habían sido precisos para que aquella masa de sillares creciese desde sus cimientos hasta sus almenas, hasta que, convertida en montaña, fuese la señora de la montaña sobre la cual había sido emplazada.


Semejante a todos los edificios de la época a que se contrae nuestra historia, el castillo de los condes de Montgomery carecía en absoluto de regularidad. Los padres lo fueron legando a sus hijos, y cada uno de los herederos añadió algo al titán de piedra, sin consideración a las leyes de la estética y obedeciendo exclusivamente a las de la necesidad o del capricho. Obra de los duques de Normandía fueron el torreón cuadrado y la torre principal: más tarde, otros añadieron al severo y ceñudo torreón elegantes almenas, airosas torrecillas, ventanas que parecían primorosos bordados en piedra, y a medida que los años fueron pasando, el cincel se encargó de hermosear el mismo torreón, como si los siglos hubieran querido fecundar aquella vegetación granítica. Hacia el final del reinado de


Luis XIV


, y por los comienzos del de


Francisco I


, puso digno remate a la aglomeración secular una galería de arcos ojivales, verdadero prodigio de elegancia y de arte.


Desde esta galería, y más todavía desde lo alto del torreón, abarcaba la vista muchas leguas de las risueñas y encantadoras llanuras de Normandía, prodigio de lozanía y de vegetación, pues, conforme hemos dicho ya, el Condado de Montgomery hallábase situado en el país de Auge, y sus ocho o diez baronías y ciento cincuenta feudos dependían de los bailiajes


[1]


de Argentan, de Caen y de Alençon.


Llegaron nuestros caminantes a la puerta del castillo.


¡Cosa extraña! Quince años hacía que el soberbio y formidable edificio no veía a su dueño. Un intendente viejo continuaba percibiendo las rentas y alcabalas; otros servidores, asimismo encanecidos en aquella soledad, continuaban cuidando el castillo, que abría sus macizas puertas todos los días como si esperasen la llegada de su señor, y las cerraban todas las noches como si el poderoso conde debiera llegar al día siguiente.


El intendente recibió a la mujer con el mismo afecto que la testimoniaron cuantas personas tropezó en el camino, y al adolescente con el respeto que todos parecía que le profesaban.


—Señor Elyot —dijo la mujer—, ¿tenéis la bondad de permitirnos la entrada en el castillo? Necesito revelar un secreto al señor Gabriel y únicamente en el salón de honor puedo hacerlo.


—Pasad, señora Aloísa, y comunicad al joven señor el secreto que deseéis. Sabéis que, por desgracia, nadie ha de interrumpiros.


Atravesaron la sala de guardias. En otro tiempo, guardaban aquella sala doce hombres reclutados en las tierras del condado. Durante los quince años últimos habían fallecido siete de los doce guardias y no habían sido reemplazados: quedaban cinco, y estos prestaban el servicio que prestaron en tiempos del conde, esperando que la muerte viniera a visitarles a su vez.



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