Veinte años después

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Título: Veinte años después Autor: Alejandro Dumas Género: Histórico

Veinte años después continúa con las aventuras del grupo de amigos que conocimos en Los tres mosqueteros. El tiempo ha transcurrido y las cosas han cambiado mucho, la situación del país es distinta, hay un nuevo rey-niño y un nuevo ministro que vive bajo la sombra que ha dejado Richelieu. La situación política que nos encontramos ha cambiado mucho, los enemigos que habíamos conocido en el primer libro han cambiado y los personajes han seguido distintos caminos durante esos años. En la novela veremos el reencuentro del grupo y cómo vuelven a estar en medio de las intrigas políticas, tanto de Francia como de Inglaterra.

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Portada del libro Veinte anos despues

Veinte anos despues de Alejandro Dumas


Sinopsis

La siposis en español del libro "Veinte años después" de Alejandro Dumas es:

"Veinte años después" es una novela de Alejandro Dumas, publicada en 1845. La trama sigue a los personajes de "Los tres mosqueteros" veinte años después de los eventos de la primera novela. El libro se centra en la historia de Aramis, Porthos y Athos, que ahora han alcanzado el estatus de caballeros de Francia y han abandonado sus vidas de mosqueteros. Sin embargo, cuando el rey Luis XIV es víctima de un complot, los tres amigos deben volver a sus actividades de antaño para protegerlo y descubrir la verdad detrás del atentado.

Fragmento del libro


Capítulo I


La sombra de Richelieu


E


n un cuarto del palacio del cardenal, palacio que ya conocemos, y junto a una mesa llena de libros y papeles, permanecía sentado un hombre con la cabeza apoyada en las manos.


A sus espaldas había una chimenea con abundante lumbre, cuyas ascuas se apilaban sobre dorados morillos. El resplandor de aquel fuego iluminaba por detrás el traje de aquel hombre meditabundo, a quien la luz de un candelabro con muchas bujías permitía examinar muy bien de frente.


Al ver aquel traje talar encarnado y aquellos valiosos encajes; al contemplar aquella frente descolorida e inclinada en señal de meditación, la soledad del gabinete, el silencio que reinaba en las antecámaras, como también el paso mesurado de los guardias en la meseta de la escalera, podía imaginarse que la sombra del cardenal de Richelieu habitaba aún aquel palacio.


Mas ¡ay! sólo quedaba, en efecto, la sombra de aquel gran hombre. La Francia debilitada, la autoridad del rey desconocida, los grandes convertidos en elemento de perturbación y de desorden, el enemigo hollando el suelo de la patria todo patentizaba que Richelieu ya no existía.


Y más aún demostraba la falta del gran hombre de Estado, el aislamiento de aquel personaje; aquellas galerías desiertas de cortesanos; los patios llenos de guardias aquel espíritu burlón que desde la calle penetraba en el palacio, a través de los cristales, como el hálito de toda una población unida contra el ministro; por último, aquellos tiros lejanos y repetidos, felizmente, disparados al aire, sin más fin que hacer ver a los suizos, a los mosqueteros y a los soldados que guarnecían el palacio del cardenal, llamado a la sazón Palacio Real, que también el pueblo disponía de armas.


Aquella sombra de Richelieu era Mazarino, que se hallaba aislado, y se sentía débil.


—¡Extranjero! —murmuraba entre dientes—. ¡Italiano! No saben decir otra cosa. Con esta palabra han asesinado y hecho pedazos a Concini, y me destrozarían a mí, que no les he hecho más daño que oprimirles un poco. ¡Insensatos! Ignoran que su enemigo no es este italiano que habla mal el francés, sino los que saben decirles bellas y sonoras frases en el más puro idioma de su patria. Sí, sí —continuaba el ministro, dejando ver una ligera sonrisa que en aquel momento parecía algo extraña en sus descoloridos labios—, sí, vuestros rumores me hacen conocer que la suerte de los favoritos es muy variable; pero si sabéis eso, también debéis saber que yo no soy un favorito como otro cualquiera. El conde de Essex tenía una rica sortija guarnecida de brillantes, regalo de su real amante, y yo no tengo más que un simple anillo con una cifra y una fecha; pero este anillo fue bendecido en la capilla del Palacio Real,


[1]


y no me derribarán tan fácilmente. No conocen que a pesar de sus gritos incesantes de «¡Abajo Mazarino!» yo les hago gritar a mi antojo: «¡Viva el señor de Beaufort!» lo mismo que: «¡Viva el príncipe!» o «¡Viva el Parlamento!» Pues bien, el señor de Beaufort permanece en Vicennes, el Príncipe irá a juntarse con él de un momento a otro, y el Parlamento…


Al pronunciar esta palabra la sonrisa de Su Eminencia tomó una expresión de odio, impropia de su fisonomía, generalmente dulce.


—Y el Parlamento… —prosiguió— bien; ya veremos lo que debemos hacer con él: por de pronto ya tenemos a Orléans y a Montargis. ¡Ah! Yo me tomaré tiempo; pero los que han gritado contra mí acabarán por gritar contra toda esa gente. Richelieu, a quien odiaban mientras vivía y de quien no cesaron de hablar después de muerto, se vio peor que yo todavía, porque fue despedido no pocas veces y otras tantas temió serlo. A mí no me puede despedir la reina, y si me veo obligado a ceder ante el pueblo, ella tendrá que ceder conmigo; si huyo, también ella huirá, y entonces veremos qué hacen los rebeldes sin su reina y sin su rey… ¡Oh!, ¡si yo no fuera extranjero!, ¡si hubiera nacido en Francia!, ¡si fuera caballero! ¡Con esto sólo me contentaba!


Y volvió a sus meditaciones.


Efectivamente la situación era difícil, y el día que acababa de terminar la había complicado más todavía.


Aguijoneado por su insaciable codicia, Mazarino cada vez oprimía al pueblo con más impuestos, y el pueblo, al que, según la frase del abogado general Talon, no le quedaba ya más que el alma, y esto porque no podía venderla; el pueblo, a quien se trataba de aturdir con el ruido de las victorias, pero que conocía que los laureles no pueden usarse como alimento, empezaba a murmurar.


Pero no era esto lo peor, porque cuando sólo es el pueblo el que murmura, la corte, alejada de él por la nobleza, no lo oye; pero Mazarino había cometido la imprudencia de meterse con la magistratura, vendiendo doce nombramientos de relator; y como estos cargos daban pingües derechos, que necesariamente habían de disminuir aumentando el número de magistrados, se habían éstos reunido y jurado no consentir semejante aumento, y resistir a todas las persecuciones de la corte; prometiéndose mutuamente que en el caso de que alguno de ellos perdiese el cargo a consecuencia de aquella actitud rebelde, los demás le resarcirían de sus pérdidas por medio de un reparto.


He aquí lo que hicieron unos y otros:


El día 7 de enero reuniéronse tumultuariamente unos setecientos u ochocientos mercaderes de París a causa de una nueva contribución que se trataba de imponer a los propietarios de casas, y delegaron a diez de entre ellos para que hablasen en nombre de todos al duque de Orléans, el cual, según su tradicional costumbre, trataba de hacerse popular. Recibidos por el duque, le manifestaron que estaban resueltos a no pagar aquel nuevo impuesto, aunque tuvieran que rechazar a los cobradores por medio de la fuerza. El duque de Orléans, después de escucharles con benevolencia, les dio algunas esperanzas, ofreciéndose a hablar con la reina, y les despidió con la palabra sacramental de los príncipes: «Veremos».


Los relatores, por su parte, presentáronse al cardenal el día 9, y uno de ellos, que tomó la palabra en nombre de los demás, se expresó con tal vigor y atrevimiento, que el cardenal, sorprendido, les despidió como el duque de Orléans a los suyos, diciéndoles: «Veremos».


Entonces reunióse el consejo, y se llamó a Emery, el superintendente de rentas.


Era éste un hombre odiado por el pueblo, en primer lugar por razón de su cargo, que parece que lleva consigo el hacer odioso a todo el que lo ejerce; y en segundo, porque él daba motivos para serlo:



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